Mi sobrina quería recibir un cochecito de regalo, y cuando se negó, logró poner a toda la familia en mi contra.

Life Lessons

Madrid, una tarde gris, la sangre todavía calienta la piel de Carmen mientras observa el coche bajo el toldo de la terraza. Su hijo, Luis, se agita como un caballo desbocado, ya ha dejado de usar el cochecito que compraron con tanto ahínco.

Compraron aquel cochecito de diseño italiano, compacto, de esos que encajan en la guantera del Audi. Lo cuidaron como a un tesoro, pues siempre lo habían pensado para revenderlo cuando Luis creciera. Llegó el día en que, tras haberlo superado, lo subieron a Wallapop con una foto impecable. Javier, su marido, sugirió bajar el precio un 30% del original, pero Carmen, con la mirada triste, pensó en la crisis: La gente no tiene mucho”, se dijo, y decidió venderlo a mitad de precio, creyendo que así iría más rápido y haría una buena obra.

Horas después, el móvil vibra. Una voz femenina, dulce y entusiasta, le propone pasar a ver el cochecito. Carmen acepta, y media hora después suena el timbre. Al abrir la puerta, el corazón se le paraliza: en el umbral está Begoña, su sobrina, con la que no ha vuelto a hablar desde hace dos años tras una pelea de adolescentes por los chavales.

¡Begoña!», exclama Carmen, intentando disimular la sorpresa. Se sientan a la mesa con una taza de té mientras la joven, con el rostro marcado por la fatiga, le cuenta que ella y su novio ya tienen un hijo y apenas llegan a fin de mes.

Mirando el cochecito, Begoña se ilumina. Carmen, sin pensarlo mucho, le ofrece el vehículo a un precio todavía más bajo que el anunciado. Al día siguiente, la casa se llena de aromas de cocido madrileño; la familia se reúne alrededor de la mesa, rememorando viejas anécdotas y riendo entre lágrimas.

Cuando llega el momento de cerrar el trato, Begoña, percibiendo la generosidad de Carmen, le pide que le regale el cochecito por el cumpleaños del bebé. Carmen, con la voz firme, rechaza: No puedo permitirme un regalo tan caro.

Begoña se queda boquiabierta, la acusa de tacaña y, entre sollozos, sale de la casa. Lanza al aire que no quiere a su familia, diciendo que el niño se queda sin nada. Sus parientes, enfadados, cortan también el vínculo con Carmen y Javier.

En la quietud que queda, Carmen comprende que no puede complacer a todo el mundo. Con la mirada perdida en el horizonte de la calle Gran Vía, decide que nunca más hará negocios con la familia; la lección está grabada en su corazón como una cicatriz que no vuelve a abrirse.

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