La suegra era maravillosa, hasta que se negó a pagar las clases del nieto.

Life Lessons

Doña Carmen, mi suegra, era un ángel hasta que se negó a seguir pagando las clases extra del nieto.

Yo y mi marido, José, llevamos una vida de escasas luces. Criamos a nuestro pequeño, Álvaro, que apenas cumple tres años. A principios de año lo matriculamos en la guardería del barrio. Yo me lancé a la oficina, pero eso apenas movió la aguja de nuestro presupuesto. Seguimos apretados, sin ni siquiera comprar caprichos; apenas atamos los extremos del día con día.

La cuota mensual de la guardería suele ser una carga pesada, por eso no inscribimos a Álvaro en actividades complementarias. Así nos aliviamos un poco el bolsillo.

Una mañana, como una sombra de verano, llegó a nuestra puerta Doña María, mi madre. Se quedó dos semanas, recogiendo al niño de la guardería y cuidándolo como un guardián de sueños. Pasado un tiempo, la guardería nos entregó una factura que era una mitad más alta de lo habitual. Me quedé boquiabierta. Resultó que mi madre, con una sonrisa de porcelana, había apuntado a Álvaro a varias clases: logopedia, deporte y danza.

Cuando el mes se agotó, cancelé todo. Solo quedó el pago del periodo anterior. José y yo empezamos a devanarnos los sesos sobre de dónde sacaremos el dinero. José propuso un préstamo de su madre. Lo hicimos sin dudar. Al explicar a Doña Carmen el motivo del préstamo, ella aceptó pagar las clases extra. Nos envió la transferencia con la anotación para Álvaro.

Al principio me sentí como una marioneta sin hilos, incómoda con la ayuda de la suegra. ¿Cómo podíamos ser considerados padres responsables si no podíamos mantener a nuestro único hijo? Con el tiempo me acostumbré a los pagos mensuales de Doña Carmen y comprendí que no había nada de malo. Después de todo, ¿por qué la abuela no debería costear las actividades de su nieto? Igual que cuando le regala juguetes o cualquier otra cosa.

Llevan dos años Doña Carmen cubriendo esas clases. Nunca se ha retrasado, ni siquiera le hemos tenido que recordar. Durante todo ese tiempo nuestra situación económica no ha mejorado. Así, al llegar la edad de cero años, surgió otra vez la cuestión del pago. ¿Cómo preparar al pequeño para la escuela sin actividades extra? Un niño que escribe y lee bien absorberá mejor las lecciones; de lo contrario se quedará atrás.

Llamé a Doña Carmen y le rogué que cancelara la logopedia, usando ese dinero para otras cosas. Mi hijo ya hablaba con soltura y el logopeda ya no hacía falta. Propuse destinar el dinero a clases de inglés. Doña Carmen, con voz firme, respondió que no pagaría esas lecciones y que, efectivamente, la logopedia debía cancelarse.

Unos días después, me fui a hacerme una manicura. Mientras tanto, José y Álvaro fueron a casa de Doña Carmen. Al volver, encontré a José nervioso, con la cara roja de ira. Supe al instante que algo andaba mal. Nuestro pequeño le había dicho a la abuela que no había ido a las clases que ella pagaba; en su lugar, él había decidido ir a inglés. Doña Carmen se enfadó como una tormenta. Nos llamó mentirosos, nos acusó de vileza y juró que ya no nos daría más dinero. Además, nos exigió que le devolviéramos lo que habíamos gastado el mes anterior.

Intenté volver a llamarla, pero ella ni siquiera me dejó hablar. Ya está harta, me dijo, y que ahora tendríamos que costear las clases nosotros mismos.

Ahora no sé qué hacer. Si la suegra deja de pagar y a nosotros nos falta el dinero, ¿qué nos queda? José, por su parte, se ha puesto del lado de su madre, como quien se aferra a una ilusión. Seguramente ella le ha susurrado muchas tonterías en las que él ha creído. ¿Qué habrá hecho bien, verdad?

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