Una anciana solitaria alimentaba a un perro callejero, y lo que ocurrió después la dejó sin aliento.
Doña Begoña Martínez vivía al borde de un pueblo olvidado de la Meseta. Su casita era de piedra gastada, con persianas oxidadas, un huerto silvestre y un silencio que resonaba en cada habitación. Tras la muerte de su marido y la marcha de sus hijos a la capital, su rutina se volvió monótona: té, tejido, jardín y los programas nocturnos de la radio.
Una tarde de otoño, cuando el cielo estaba cubierto de nubes grises y las hojas caían como papeles quemados, vio una sombra detrás del cercado. Era un perro delgado, sucio, con las costillas al descubierto y unos ojos que parecían esconder una chispa humana. No ladró, ni gimoteó; solo observó.
Begoña le ofreció un trozo de pan duro y una loncha de jamón. El animal se acercó con cautela, devoró todo y se alejó. Al día siguiente volvió, y al día siguiente otra vez, y así sucesivamente.
Lo llamó Barón, aunque más parecía un vagabundo que un noble. Con el paso de los días, el perro empezó a confiar en ella: movía el rabo, se frotaba contra su mano y la acompañaba hasta el pozo.
Una noche, escuchó un fuerte ladrido. Salió al patio y vio a Barón corriendo desbocado alrededor del granero. Al acercarse, percibió un ruido dentro. Alguien estaba allí. Cogió una linterna, abrió la puerta y, casi sin aliento, encontró a un chico. Sucio, enclenque, con una chaqueta rasgada y los ojos llenos de miedo.
Por favor, no me hagáis daño susurró.
Resultó ser un huérfano que había escapado de un orfanato tras la agresión de un cuidador. Barón lo había hallado en el bosque, le había dado lo que encontraba para comer, le había brindado calor con su cuerpo y lo había llevado a la casa donde percibía bondad.
Begoña no lo pensó mucho: lo ocultó. Cuando la Guardia Civil llegó, alertada por los vecinos a causa del ladrido y la luz, no lo entregó de inmediato. Tras hablar con el único guardia del pueblo, supo que el niño llevaba tiempo buscado y que su cuidador ya había sido destituido. El chico fue entregado a una familia adoptiva, pero antes de marcharse le susurró:
Ahora eres mi abuela ¿Podré seguir escribiéndote?
Barón se quedó. Ya no era un perro sin dueño; había pasado a ser el verdadero señor del patio.
Desde entonces, Doña Begoña volvió a tener familia: Barón, cartas de su nieto cada semana y la sensación de que la vida, como la cola de un perro, puede dar la vuelta cuando menos lo esperas, trayéndote la felicidad.
Así, la historia enseña que la compasión, aun la más pequeña, puede transformar la soledad en compañía y devolvernos la esperanza que creíamos perdida.







