El Testamento del Hijo Menor

Life Lessons

Verónica no aparta la vista del cartel Urgencias. Las letras se le difuminan por el cansancio de la larga espera, y su corazón late con fuerza. Con una mano aprieta sin cesar el pequeño coche de juguete rojo que le regaló su padre a su hijo menor, Luisito, de cuatro años; la otra mano temblorosa aprieta el volante de la ambulancia. Luisito había querido al principio un camión azul como el del dibujo animado, pero con el tiempo se encariñó con aquel tractor rojo que su papá le había comprado.

Por fin, tras el cristal empañado, aparece la silueta de un hombre; la puerta se abre y un médico fatigado entra en el pasillo. Verónica se levanta de un salto y se dirige a él.

Doctor, ¿cómo está? ¿Qué ha pasado con Luisito? pregunta, la voz quebrada.

El doctor baja la mirada, se quita la mascarilla y responde con pesar:

Señora Verónica, lo siento hemos hecho todo lo posible

***

Verónica está recostada en la cama de su hijo, encogida en un bollo. La almohada todavía lleva el perfume de Luisito. En el espejo frente a ella se ve la huella de su manita manchada de galletas. Qué bien que no haya borrado todavía esa marca; nunca más volverá a ensuciar el espejo ni a apoyar su cabecita cansada sobre la almohada.

Una lágrima salada recorre la mejilla de Verónica. El dolor le quema el corazón desde dentro, un corazón sano que, a diferencia de Luisito, todavía late en su hijo mayor, Martín, de dieciocho años, que estudia en la universidad y es casi independiente. Luisito su inesperada alegría tardía se ha convertido en una enorme tristeza. Todos los exámenes mostraron que todo estaba bien, y solo antes del parto descubrieron por casualidad una grave anomalía cardíaca. En la corrección radical algo salió mal y ahora Luisito ya no está.

***

Verónica cierra los ojos y, sumida en un sueño agitado, vuelve a aparecer en un campo soleado repleto de flores aromáticas de mil colores y formas. En la lejanía está Luisito, con la misma sonrisa eterna, vistiendo su camisa de coches. En sus manos lleva un gran ramo de margaritas.

¡Luisito! ¡Hijo mío! exclama Verónica, pero él parece no oírla, mientras selecciona pensativamente los pétalos.

Verónica corre por el prado extendiendo los brazos para abrazarlo, pero por más que corre, él no se acerca; al contrario, se aleja cada vez más. Grita desesperada, estira los brazos, pero no logra alcanzarlo. Entonces Luisito levanta la mirada, le sonríe y se disuelve en el aire; solo queda una nube de pétalos que desciende lentamente.

Al llegar al lugar donde se posaron los pétalos, Verónica ve, escrito con blancas flores sobre el verde césped, una dirección.

***

Se despierta con el sonido del móvil. En la pantalla aparece el nombre de Martín.

Sí, hijo contesta Verónica, con la voz rasposa.

Mamá, hoy llego, ¿puedes prepararme algo? dice Martín.

Verónica esboza una sonrisa forzada. Han pasado ya casi tres meses desde que se fue Luisito, pero todavía tiene a Martín. Es hora de ponerse en pie y seguir viviendo.

Claro, ¿qué quieres? ¿Tortitas? responde.

¡Genial, mamá! Ya estoy en el autobús, llego pronto contesta él.

Martín trata de venir cada fin de semana para distraer a sus padres; él también sufre por la pérdida del hermanito. Pero la vida sigue y la familia debe sobrellevar el duelo junta.

Con esfuerzo, Verónica se levanta y se dirige a la cocina. Abre la nevera, revisa los estantes y se da cuenta de que no hay leche. Su marido, Víctor, está en la cocina soldando una placa para su portátil. Levanta la vista y pregunta:

¿Necesitas algo? ¿Ir al supermercado?

Martín ha llamado. Viene y ha pedido tortitas dice Verónica con calma. Se nos ha acabado la leche, pero iré yo misma a comprar.

Víctor se ajusta los anteojos y piensa: Se está levantando poco a poco.

Verónica se viste despacio y sale de la casa. El suave viento primaveral acaricia su rostro; los pájaros cantan, las ramas adquieren un tono verde que pronto se cubrirá de hojas tiernas. La naturaleza despierta tras el letargo invernal. Verónica suspira: ¡Qué mala suerte que Luisito no vea esta quinta primavera!. Sacude la cabeza para ahuyentar los pensamientos oscuros y se dirige al supermercado.

***

Al coger la leche, los caramelos favoritos de Martín, pan y pollo, se dirige a la caja. De pronto, detrás de una fila de estantes, escucha una risa familiar. En el pecho de Verónica se aprieta una punzada de nostalgia: esa risa es la de Luisito. Se lanza hacia donde proviene el sonido y apenas percibe una pequeña figura infantil que se esconde entre los productos. Sabe que no puede ser real, pero sigue el rastro del niño, tropezando con un cartel promocional.

Al doblarse para recogerlo, se queda boquiabierta: el cartel, sobre fondo blanco, lleva en letras rojas la misma dirección que apareció en su sueño.

Luisito, ¿qué quieres decirme? susurra Verónica.

Vuelve a casa con la sensación de que todo tiene un motivo. Luisito parece querer comunicarle algo, pero ¿qué? Tendrá que buscar la dirección en internet, aunque no sea hoy; hoy llega Martín y debe recibirlo como se merece, manteniendo la compostura.

***

La tarde transcurre cálida y agradable; Verónica incluso logra sonreír mientras escucha las anécdotas universitarias de Martín. Él devora la comida casera con apetito, y Verónica y Víctor lo miran con ternura: es su único hijo ahora. Cuando todos se retiran a sus habitaciones, la noche se asienta por completo.

Agotada por el día, Verónica se queda profundamente dormida. A mitad de la noche, oye un canto tenue provenir del baño. Su corazón se acelera; reconoce la voz de Luisito cantando su canción favorita del dibujo animado del camión azul.

Se levanta precipitadamente, cruza el pasillo en silencio, abre la puerta del baño pero no hay nadie. Las lágrimas brotan de sus ojos.

¿Qué esperaba? ¿Que Luisito estuviera allí? ¡Ya no está! ¡Es solo mi imaginación enferma! se recrimina Verónica.

Se acerca al lavabo, abre el grifo y se lava la cara, intentando calmarse por el bien de Víctor y Martín. Al mirarse en el espejo ve su rostro pálido, con ojeras y moretones bajo los ojos. En un impulso, frota la mano con jabón sobre el espejo, sin saber por qué. La espuma forma extrañas letras que parecen escribir la dirección De repente, siente un leve susurro infantil:

Te espero, mamá…

***

¿Qué te pasa? pregunta Víctor, despertándose con la luz de la pantalla del portátil.

Verónica está sentada en el sillón, con el portátil en el regazo, mirando fijamente la pantalla.

Víctor, acércate Si sientes lo mismo que yo, entonces no es un delirio

Víctor se levanta con dificultad y se acerca. Su corazón late con fuerza al ver la foto del pequeño Luisito, de cuatro años, sobre la mesa. Cuando la mira, ve bajo la foto una inscripción: Ezequiel, 4 años. La historia de Ezequiel: sus padres murieron en un accidente de tráfico hace tres años; la niña que lo cuidaba falleció y él lleva medio año en una residencia infantil.

Esta dirección me persigue desde hace días explica Verónica. Es como si Luisito me la enviara

Víctor, tras meditar un momento, responde con determinación:

Vamos

***

Catalina Alejandro, directora del hogar de menores, guía a Verónica y Víctor por un amplio pasillo luminoso del centro, girando constantemente y explicando sin cesar la situación.

Cuando llegó Ezequiel, pensé que sería temporal. Es un niño sociable, con buen desarrollo, criado en una familia estable aunque solo por su abuela. Tres familias intentaron adoptarlo, pero él se retrae cuando los potenciales padres aparecen. No quiero entregarle a un lugar donde no quiera ir. Él dice que sus padres volverán, y en los últimos tres meses tiene un amigo imaginario al que llama Luisito. Ese Luisito le ha dicho que sus padres llegarán pronto.

Verónica y Víctor se miran incrédulos. ¿Podría su hijo fallecido estar ayudando a un huérfano?

Conozcan al chico, tal vez derriten su corazón concluye Catalina, abriendo la puerta de la sala de juegos.

Ezequiel está allí, delgado, sentado entre otros niños, construyendo una torre de bloques y tarareando la canción de Luisito. Al oír a Verónica, suelta los bloques, se levanta de un salto y grita:

¡Mamá, papá! ¡Sabía que vendríais!

***

Catalina acelera el proceso de adopción. Siente una profunda emoción al ver que Ezequiel finalmente se abre a Verónica y Víctor, y al conocer la tragedia de su hijo. Un mes después, Verónica, Víctor y Martín llegan para llevar a Ezequiel a casa. Al despedirse, el niño suelta la mano de Verónica y exclama:

¡Mamá, espera! mirando al fondo del pasillo. Allí está Luisito, quiere despedirse.

El corazón de Verónica se aprieta de nuevo, pero ahora con una tristeza luminosa, aceptando que no se puede cambiar nada y que hay que seguir adelante. Ahora su vida depende también del pequeño Ezequiel, que ha abierto su corazón a ellos. Nunca olvidará a Luisito, pero ahora tiene otro ser por quien ser fuerte.

Ezequiel corre hacia el final del pasillo, se detiene junto a la ventana, mira unos segundos y vuelve corriendo hacia sus padres y su hermano mayor. Detrás de la ventana, sobre el gris del tejado, surge una majestuosa paloma blanca que circunda el edificio, sobrevuela las cabezas de Ezequiel, Verónica, Víctor y Martín y se eleva hasta perderse entre las nubes.

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