El Pecado Ajeno

Life Lessons

Águela, viuda de 42 años del pueblito de Los Alcores, fue juzgada el mismo día que le apareció la barriga bajo la chaqueta. «¡Qué escándalo!», chismearon las vecinas al pozo. «¿De quién es esa cría?», siseaban. «De una holgazana, ¡qué bocaza!», replicaban. «¡Se cree una santa y se lleva la vida de fiesta!», añadían. Águela no alzó la vista; arrastraba la pesada bolsa del correos por el umbral, con la mirada clavada en el suelo y los labios apretados. Si hubiera sabido lo que vendría, quizá no se habría metido en el lío pero, ¿cómo no hacerlo cuando la sangre de su propia hija se moja de lágrimas?

Todo comenzó no con Águela, sino con su primogénita, Marisol. Marisol no era una niña cualquiera, era una copia del difunto padre, Severiano, el galán del pueblo: rubio, de ojos azules, el chico más codiciado. Por eso la gente la miraba como a una obra de arte. La menor, Catarina, por su parte, era la sombra de Águela: morena, ojos castaños, seria y desapercibida.

Águela adoraba a sus hijas, aunque las trataba como si fueran una maldición. Trabajaba de día como cartero y de noche lavaba la granja, todo por ellas y por su sangre. «¡Ustedes tienen que estudiar!», les decía. «No quiero que terminen como yo, arrastrando bolsas y viviendo en el polvo. ¡A la ciudad, a la gente!»

Marisol se lanzó a la ciudad sin pensarlo dos veces, ingresó al Instituto de Comercio y pronto se volvió la sensación: enviaba fotos desde restaurantes, a base de moda, y anunció que tenía nuevo prometido, el hijo de un alto funcionario. «¡Mamá, me ha prometido una chaqueta de piel!», escribía.

Águela se regocijó, mientras Catarina fruncía el ceño. La menor había quedado en el pueblo tras el colegio, trabajando como sanitaria en el hospital, con la ilusión de ser enfermera, pero sin dinero. La pensión de viudedad de Águela y su sueldo se engullían en la vida urbana de Marisol.

Ese verano, Marisol volvió, pero ya no era la alborotada turista con maletas. Era una figura tranquila, de verde esperanza. Pasó dos días encerrada en su habitación; al tercer día, Águela la encontró llorando sobre la almohada. «Mamá mamá he desaparecido»

Marisol confesó: su prometido, el «príncipe de oro», la había dejado en el cuarto mes de embarazo. «¡Aborto tardío, mamá! ¿Qué hago? No quiere saber de mí. Me dijo que si parto, no me dará ni un duro y me expulsará del instituto. ¡Mi vida está arruinada!»

Águela quedó como un rayo. «¿Y tú, hija, no te cuidaste?», le espetó. Marisol gritó: «¡¿Y qué? ¿Ahora qué? ¿Lo mando al orfanato o lo tiramos a la verdura?!»

El corazón de Águela se partió. ¿Orfanato? ¿Nieto? Aquella noche no durmió; rondó la casa como sombra. A la mañana siguiente se sentó junto a Marisol y, firme, dijo: «No pasa nada, lo llevaremos». Marisol se agazapó: «¡Mamá, no! ¡Todos se enterarán! ¡Qué vergüenza!». Águela respondió: «Nadie lo sabrá, lo llamaremos mi hijo». Marisol se quedó boquiabierta. «¿Tu hijo? ¡Mamá, tienes 42 años!». Águela repitió: «Lo haré pasar por ayuda a una tía del barrio; allí viviré y tú volverás al instituto».

Catarina, que dormía tras una delgada pared, escuchó todo. Lloraba en silencio, compadeciéndose de su madre y sintiendo repulsión por su hermana.

Un mes después, Águela se marchó del pueblo. El tiempo se lo tragó todo. Seis meses más tarde, volvió acompañada de un sobre azul. «Cata, te presento a tu hermano Migue», anunció, entregándole el sobre a la pálida hija.

El pueblo se quedó boquiabierto. «¡Vaya viuda callada!». Las vecinas, como siempre, soltaron sus cuchicheos: «¿De quién será? ¿Del presidente del concejo?». «No, de un agrónomo muy respetado, soltero», aclaró Águela, mientras ignoraba los murmullos.

La vida con Migue fue un caos. El chico creció inquieto y chillón; Águela se vio cargada de bolsas de correo, de la granja y ahora de noches sin sueño. Catarina ayudaba en silencio, lavando paños y meciendo al «hermano». Dentro de ella bullía la ira.

Marisol escribía desde la ciudad: «¡Mamá, te extraño! No tengo dinero, apenas me alcanza, pero pronto te mando algo». Un año después llegaron 100 euros y unos vaqueros para Catarina, dos tallas demasiado grandes.

Los años pasaron y la familia se desmoronó aún más. Migue, a los dieciocho, se volvió alto, de ojos azules como los de Marisol, alegre y trabajador. No le faltaba madre ni hermana. Catarina, ya mayor, se había convertido en la jefa de enfermeras del hospital del distrito; la llamaban «vieja solterona», pero ella llevaba la cruz con dignidad, dedicando su vida a su madre y a Migue.

Migue terminó el instituto con medalla y anunció: «¡Mamá, me voy a Madrid a estudiar ingeniería en la Universidad Politécnica!». Águela sintió un temblor en el pecho. «¿Y si te quedas en la universidad de la provincia?», sugirió tímidamente. «¡No, mamá! Tengo que abrirme paso!, respondió Migue con una sonrisa. «¡Y tú, Catarina, también verás! ¡Vas a vivir como una reina en mi palacio!»

El día que Migue aprobó el último examen, una brillante berlina negra se deslizó hasta la puerta de la casa. De ella salió Marisol.

Águela quedó paralizada; Catarina, con una toalla en la mano, se quedó inmóvil en el umbral. Marisol, a sus casi cuarenta años, lucía como portada de revista: delgada, traje costoso, todo dorado. «¡Mamá! ¡Cata! ¡Hola!», cantó, besando a Águela en la mejilla. Miró a Migue, que limpiaba sus manos con un trapo en el granero.

Marisol se detuvo, la mirada clavada en él, y de repente se le escaparon lágrimas. «Buenos días, ¿usted es Marina? ¿Mi hermana?», preguntó Migue con cortesía. «Sí hermana», respondió Marisol con voz temblorosa. «Mamá, tenemos que hablar».

Se sentaron en la sala. Marisol sacó de su bolso una cajita de finas cigarrillos y, con voz entrecortada, empezó: «Mamá tengo todo: casa, dinero, marido pero no hijos». Lloró mientras se maquillaba con un lujoso delineador. «Intentamos todo: fecundación in vitro, médicos nada. Mi marido se enfada, y yo ya no puedo más». Catarina, que había escuchado todo, preguntó con voz apagada: «¿Por qué has venido, Marina?». La respuesta fue un grito: «¡Por mi hijo!».

«¿Estás loca? ¡¿Qué hijo?!», exclamó Águela. Marisol levantó la voz: «¡Es mío! ¡Yo lo engendré! Tengo contactos, lo matricularé en cualquier instituto, le compraremos un piso en Madrid. ¡Mi marido está de acuerdo!». Águela, atónita, replicó: «¿Le has contado todo? ¿Sobre cómo te avergonzamos? ¿Sobre Catarina?». Marisol desestimó: «¡Catarina se quedará en el pueblo! ¡Migue tiene una oportunidad! ¡Mamá, devuélveme al chico!». Águela gritó: «¡Él no es una cosa que se devuelva! ¡Él es mío! ¡lo crié en las noches, lo amé!». En ese momento entró Migue, pálido como un lienzo, y preguntó: «¿De qué están hablando? ¿De un hijo?». Marisol, al borde del colapso, gritó: «¡Migue! ¡Soy tu madre!». Migue la miró como a un fantasma y luego a Águela. «¿Es verdad?», preguntó.

Águela cubrió su rostro con las manos y sollozó. Entonces, como una tormenta, Catarina se levantó y, con una bofetada que pareció derribar la pared, lanzó a Marisol contra el rincón. «¡Besta!», gritó, «¡treinta años de humillación! ¡Tú dejaste a nuestro padre como a un cachorrito abandonado! ¡Sabías que mi madre tendría que vagar por el pueblo, señalada por todos! ¡Y ahora vuelves por!». Águela intentó calmarla: «¡Cata, basta!». Catarina, enojada, replicó: «¡Basta! ¡Ya hemos sufrido suficiente!». Señaló a Águela: «¡Esa es tu madre, la que se sacrificó por nosotras!». Migue, en silencio, se acercó lentamente, se arrodilló ante Águela y la abrazó. «Mamá», murmuró. Luego, mirando a Marisol, dijo firme: «No tengo madre en Madrid, solo tengo a esta mujer y a mi hermana». Se puso de pie, tomó la mano de Catarina y le dijo: «Ustedes, tías, váyanse». Marisol, con la voz rota, gritó: «¡Migue, hijo! ¡Te daré todo!». Migue respondió: «Ya lo tengo todo: madre, hermana. Ustedes no tienen nada».

Marisol se fue esa misma noche. Su marido, que había visto todo desde el coche, nunca salió. Dicen que un año después la abandonó por otra que le dio hijos. Ella quedó sola, con su dinero y su «belleza». Migue no tomó el tren a Madrid; se quedó en la provincia, estudió ingeniería y dijo: «Mamá, aquí necesitamos una casa nueva». Catarina, a sus 38 años, floreció como nunca; el agrónomo del que hablaban las vecinas empezó a prestarle miradas. Era un hombre respetado, viudo, con buena posición.

Águela los observaba y, por fin, lloró de felicidad. Sí, había pecado, pero el corazón materno no se apaga tan fácil.

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