No superó la prueba

Life Lessons

Oye, es un poco incómodo admitirlo dice Diego, sonriendo con culpa mientras golpea la mesa con los dedos, pero he dejado la cartera en casa. Todas mis tarjetas están allí. ¿Podrías pagar tú? De verdad me resulta muy molesto…

Begoña, conteniendo un suspiro de sorpresa, alcanza su bolso. Sesenta euros para la cena de dos no son una gran suma, aunque tampoco es nada despreciable. Lleva tiempo trabajando lo suficiente como para no temblar por esas cantidades.

Claro, sin problema.

El camarero trae el terminal y Begoña inserta la tarjeta. La pantalla se vuelve verde y confirma el pago. Diego asiente agradecido y la ayuda a ponerse de pie, sujetándola por el codo.

En la calle sopla un viento fresco que cala hasta los huesos. Begoña se estremece y se ajusta la bufanda. Diego camina a su lado, en silencio, como pensando en algo. Se detiene bajo una farola y se vuelve hacia ella.

Verás, tengo que confesarte algo empieza, y su voz adquiere un tono extraño. En realidad la cartera está conmigo. También las tarjetas.

Begoña se queda paralizada. Un escalofrío se arrastra como una serpiente por sus piernas.

¿Qué quieres decir?

Era una prueba saca de la chaqueta un pequeño monedero de cuero negro y lo hace girar entre sus dedos. Quería asegurarme de que no te ves conmigo por el dinero. ¿Entiendes? Ahora sé que no eres materialista y que te basta a ti misma.

Begoña exhala despacio. Dentro siente un nudo apretado. Una risa se queda atrapada entre la garganta y el pecho, pero se obliga a relajar el rostro y a esbozar una sonrisa.

Me alegra haber superado tu prueba dice lo más suave posible.

Diego suelta una carcajada de alivio y la abraza por los hombros. Begoña se aferra a él, ocultando su cara para que no vea la tensión en sus pómulos. Por dentro todo se revuelve. Humillante. Insignificante. Es una mujer adulta, y él la trata como a una colegiala.

Las semanas siguientes siguen su curso habitual. Entonces Diego le propone matrimonio. Todo es romántico y ella acepta.

Los preparativos arrancan de inmediato. Begoña compra un vestido en una boutique de Madrid: crema, con mangas de encaje. Reservan un restaurante para cuarenta comensales y envían las invitaciones.

La madre de Diego, Gloria, visita cada fin de semana. Lo alaba como quien vende su mercancía en el mercado.

¡Qué responsable es mi hijo! exclama mientras sirve té en delicadas tazas de porcelana. Siempre ayuda, nunca olvida a su madre. Begoñita, ponte contenta de que Diego haya elegido a ti.

Begoña asiente y sonríe, aunque las palabras de Gloria no se quedan en su cabeza. Aprende a desconectar cuando la futura suegra comienza sus monólogos.

Dos semanas antes de la boda Diego le sugiere a Begoña mudarse a su piso en una nueva urbanización del barrio de Chamartín, al décimo quinto piso, con vistas al río Manzanares. Ella acepta, aunque en el fondo algo le resiste. Empieza a empacar; las cajas llenan su pequeño estudio.

El día de la mudanza Begoña lleva la primera caja con cojines decorativos y marcos de fotos. Diego la recibe en el portal y le echa una mano hasta el ascensor.

El apartamento huele a pintura fresca y a muebles nuevos. Begoña coloca la caja en el recibidor y se endereza, frotándose la zona lumbar adolorida.

Diego toma su mano y la lleva consigo.

Vamos al balcón. Te muestro la vista que tienes desde aquí.

Suben al estrecho balcón. El viento despeina el pelo de Begoña y ella cierra los ojos ante el sol brillante. El río reluce bajo ella, reflejando el cielo. La ciudad se extiende hasta el horizonte.

De repente Diego pide:

Dame el móvil. Quiero sacarte una foto con este paisaje de fondo.

Begoña busca en el bolsillo de sus vaqueros y le pasa su smartphone negro. Diego lo mira, y sin pensarlo lanza el teléfono por la barandilla.

Begoña se queda inmóvil. El tiempo parece detenerse. Ve cómo el pequeño aparato desaparece entre los arbustos del portal. Dentro se congela una calma helada.

¿Qué vamos a hacer, cariño? se burla Diego, cruzando los brazos sobre el pecho.

Begoña levanta la mirada de la caída y la dirige a él. No siente pánico, solo un frío desapego.

Bájate y tráeme la tarjeta SIM responde, firme y casi indiferente.

Diego estalla en carcajadas, saca de nuevo el móvil del bolsillo y lo agita frente a la nariz de Begoña como un mago sacando un conejo del sombrero.

Sorpresa dice, disfrutando el momento. Veo que no te importa. Aquí tienes. Solo quería probar tu reacción, y mi viejo móvil se lanzó al aire.

Begoña recoge su teléfono, observa el arañazo en el cristal protector y pasa el dedo por la pantalla. Dentro le sube una irritación densa y negra que lo llena todo. Levanta la vista hacia Diego.

No soy un electrodoméstico para tus pruebas susurra.

Diego deja de reír. Su rostro se estira, las cejas se arquean.

Vamos, no te lo tomes a mal intenta reconciliarse. Es solo una broma. No te enfades. Te quiero.

Begoña quita del dedo un anillo de oro con un pequeño diamante y se lo entrega.

¿Qué haces? retrocede Diego, como si ella le arrojara una serpiente.

Lo devuelvo pone el anillo en la palma de Diego. Ese tipo de pruebas atentan contra mi dignidad. No pienso casarme con alguien tan infantil y mezquino.

Begoña, ¿en serio? ¿Por una broma? su tono se vuelve suplicante.

Se da la vuelta y vuelve al salón. Las cajas siguen intactas en el recibidor. Saca las llaves del coche, agarra su bolso, toma la única caja que queda y se dirige a la salida.

¡Begoña! ¡Espera! corre tras ella por el pasillo. Hablemos.

No hay nada que hablar le lanza por encima del hombro. Pero te lo diré en tu idioma. Diego, no superas la prueba.

Vuelve a meter la caja en el coche, se sienta en el volante, arranca el motor. Diego se queda mirando la puerta, perdido. Begoña parte y se dirige a casa.

En su hogar el aire sigue con su olor habitual: café, libros viejos y ambientador de lavanda. Se quita los zapatos, sube a la cocina y pone a hervir la tetera. El móvil vibra. Es Diego. Lo rechaza. Un minuto después llega un mensaje: Lo siento, te ofendí. Quedemos y hablemos. Lo elimina sin responder. Llega otro, y otro. Bloquea el número y silencia el móvil.

Los días siguientes Diego llama desde números desconocidos, escribe por redes sociales, pide a amigos en común que le digan que está arrepentido.

Begoña ignora todo. Le importa un bledo el dinero gastado en la boda, el restaurante reservado, las invitaciones enviadas. Lo esencial es no humillarse por el orgullo ajeno.

El vestido crema cuelga en el armario, envuelto en su funda protectora. Lo saca, alisa las mangas de encaje. Su sobrina, Cata, le había pedido ayuda para elegir un traje de fin de curso. Ese vestido será mejor para ella que para una novia que nunca se casará.

Se sienta en el sofá, abraza las rodillas y mira la ventana. El cielo se oscurece con los últimos rayos del atardecer. La ciudad bulle abajo, viva y ajena a los dramas personales. En algún punto, Diego estará en su nuevo piso, sin comprender por qué ella ha cortado todo de golpe. No entiende que las pruebas humillan. Que el amor y la confianza no se miden con experimentos.

El móvil vibra otra vez. Número desconocido. No contesta. Enciende música, se acurruca bajo una manta y cierra los ojos. Dentro hay calma. Vacío, pero tranquilo, como si le hubieran quitado una mochila pesada después de un largo viaje.

Dos días después llega Cata, irrumpiendo en el apartamento con un grito de alegría al ver el vestido.

¡Tía Begoña, es perfecto para mí! se agarra al encaje, girando frente al espejo.

Sí, asiente Begoña, observando cómo brillan los ojos de su sobrina. ¿Ya no lo necesitas?

No, tengo otros planes.

Cata la abraza, perfume de champú floral y juventud la envuelven. Begoña corresponde al abrazo, acariciándole la espalda. Al fin el vestido no se pierde. Al fin ha detenido todo a tiempo. Dentro ya no queda arrepentimiento, solo una ligera melancolía por el tiempo y las esperanzas desperdiciadas.

Eso ya quedó atrás. Es libre, y eso vale más que cualquier prueba del mundo.

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