Quédate inmóvil, no digas nada, estás en peligro. La chica sin techo, de rostro cubierto de polvo y el pelo enmarañado, arrastró al magnate a un rincón oscuro y lo besó para salvarle la vida y el final
Quédate inmóvil. No digas nada. Estás en peligro.
Aquellas palabras desgarraron la noche como una hoja afilada. Enrique Cruz, director ejecutivo de CruzTech Industries, se desplomó. Apenas unos segundos antes había bajado del coche en una senda sombría tras el Hotel Ritz de Madrid, esquivando a los paparazzi que lo esperaban al frente. Ahora una joven desaliñada, con la chaqueta rasgada y las mejillas manchadas de mugre, lo arrastraba entre las sombras.
Antes de que pudiera preguntar, ella posó sus labios contra los suyos.
Durante un instante el mundo se detuvo. El olor a lluvia, sus manos temblorosas aferrando el cuello de la camisa, el zumbido lejano del tráfico; todo se fundió en un silencio denso. Entonces una limusina negra pasó a toda velocidad por la senda, con los cristales ahumados y las luces apagadas. Un hombre se inclinó por la ventanilla, escaneando la calle. El pulso de Enrique latía con fuerza. Lo que fuera que buscaban, lo habían encontrado
La muchacha, apenas veinte años, vestida con un chándal roto, dio un paso atrás.
Ya estás a salvo susurró. Te habría reconocido si alzabas la vista.
Enrique parpadeó, atónito. ¿Quién eres?
No importa contestó ella, retrocediendo. No deberías ir solo. No esta noche.
Podría haberse marchado. Pero algo en su vozcalma firme, pese al fríole obligó a quedarse. ¿Sabías que me siguen?
Observo cosas dijo ella sencillamente. Cuando vives en la calle aprendes a mirar antes de moverte.
Su nombre, descubrió él más tarde, era Begoña Ledesma. Llevara dos años sin techo, durmiendo junto a la estación de tren. Y aquella noche, había salvado la vida a uno de los hombres más ricos de Madrid.
Enrique, sin embargo, no era de los que dejan preguntas sin respuesta ni deudas sin pagar.
Aquella noche no fue el final de su historia. Fue el comienzo.
Tres días después la encontró de nuevo. Encargó a su equipo de seguridad que rastreara sus movimientos, lo que resultó difícil: Begoña se mantenía fuera del radar, durmiendo en sitios diferentes cada noche. Cuando la vio finalmente frente a un comedor social, parecía más pequeña de lo que recordaba. Pero sus ojosalertas, grises, firmesse cruzaron con los suyos al instante.
Te dije que no me siguieras dijo ella en seco.
Me salvaste la vida replicó Enrique. Al menos déjame agradecerte.
No quería su dinero. Gente como tú da para sentirse mejor en su propia piel. Yo no pido limosnas.
Entonces trabaja para mí propuso él. Tienes instintos que la mayoría no posee.
Rió, una risa aguda, sin humor. ¿Quieres contratar a una chica sin techo que duerme bajo puentes?
Sí contestó Enrique, simple.
Pasaron semanas antes de que aceptara, a regañadientes, un puesto temporal en el equipo de seguridad. Al principio, el personal la odiaba. Una mujer sin antecedentes, sin título universitario y sin domicilio parece no encajar en su mundo. Pero Begoña poseía algo que ellos no tenían: intuición. Sentía cuando algo no estaba bien: un extraño que se quedaba demasiado tiempo, un coche aparcado demasiado cerca.
Pronto Enrique se dio cuenta de que no sólo la ayudaba a estar segura; él también aprendía cuán ciego había sido. Vives detrás de una ventana le dijo ella una vez. La gente te ve, pero tú no los ves.
Empezó a escucharla a ella, a sus colegas, incluso a la propia ciudad que había construido como imperio. Conforme pasaban las semanas, su admiración se profundizaba. Bebían café hasta la madrugada en su despacho, sus risas resonando en los ventanales. Ella nunca coqueteaba, pero cuando sonreía, él olvidaba el poder que poseía y cuán poco importaba.
Una noche volvió a suceder: la sombra de la misma limusina negra frente al edificio donde ella trabajaba. Solo que esta vez, el objetivo era Begoña.
La bala estaba destinada a Enrique. Begoña tomó el disparo en su lugar.
Todo ocurrió en segundos: un destello, un sonido como cristal quebrado. El equipo de seguridad de Enrique inmovilizó al tirador antes de que alcanzara la calle. Pero lo único que vio Enrique fue a Begoña desplomarse sobre el mármol, la sangre brotando por su manga.
Quédate conmigo dijo, apoyando su mano sobre la herida. Sus ojos vagaban, confusos pero serenos. Creo que nunca podré alejarme del peligro susurró ella débilmente.
Las luces del hospital parecían infinitas. Pasaron horas hasta que el médico salió y anunció que sobreviviríaapenas. Enrique se quedó fuera de su habitación toda la noche, con la frase que le había dicho antes resonando en su cabeza: «Vives detrás de una ventana». Tenía razón. Había erigido muros de dinero y reputación para mantener al mundo fuera. Ella los derribó con un beso impulsivo.
Cinco semanas después, cuando Begoña despertó, Enrique estaba allí. Estás despedida dijo, recuperando la compostura.
Ella sonrió. No puedes despedirte a ti misma. Te nombré jefa de mi seguridad personal.
Le puso los ojos en blanco. Eres imposible.
Tal vez. Pero te debo la vida, dos veces.
Mientras ella se recuperaba, Enrique le organizó en silencio un pequeño apartamento, una beca de 7000, y un nuevo comienzo. No como un favor, sino por la confianza en quien ve el mundo con mayor claridad que él.
Una semana después paseaban juntos por el Parque del Retiro, las hojas cayendo como susurros. Se volvió hacia él. Podrías haber quedado en tu torre. ¿Por qué no lo hiciste?
Él la miró y respondió: Porque a veces quien te salva no te saca del peligro, te saca de ti mismo.







