Que otra te recoja murmuró la mujer mientras se inclinaba sobre la cama del hospital, la mirada fría clavada en el cuerpo inerte de Daniel. No quiero sacrificarme. Lo que te pasó es culpa tuya, ¿me entiendes? dijo Almudena con voz tenue. Daniel apenas podía mover la cabeza ni abrir la boca; sólo emitía un leve gemido que pronto se apagó. Ella, sin más, le daba cuerda.
¿Y ahora qué? ¿Voy a dedicar toda mi vida al altar de tu invalidez? espetó él, con la voz ronca, intentando alzar la vista. ¿Me miras así? ¿Me desprecias? ¿Pensabas que era el último de los?
Almudena rozó los crisantemos naranjas que reposaban sobre la mesilla. Eran flores que su madre había tenido en su casa de Córdoba, pero jamás las habría llevado ella. Entonces se preguntó quién habría puesto aquel ramo: quizás la chica a la que él había salvado alguna vez. No importaba.
Creo que volverás a ponerte en pie y retomarás una vida normal. Quizá otro te encuentre, pero no será conmigo. Mi padre ya está esperándome en el coche. No queda nada mío en tu piso. No he tomado nada más de lo que compramos juntos: alfombras, estatuillas egipcias. Sólo me quité la licuadora, que ya no la usas. No me busques, ni intentes reconciliarnos. Dividiremos los bienes cuando sea necesario; no tengo prisa. Adiós.
Salió, volvió a tocar las flores y el perfume de su agua de tocador quedó flotando en la habitación durante veinte minutos.
Je, je soltó una voz masculina desde la cama contigua. ¿Qué te ha dejado la mujer, eh? Le ha dado una patada al viento. Esa es la naturaleza de las mujeres Busca un sitio más cálido para su no quiero ser vulgar.
Daniel miraba al techo, incapaz de responder. Comprendía a Almudena: ¿por qué había sido él la víctima? Pensó en su madre, en el amor incondicional que sólo ella podía ofrecer. Todo lo demás era cuestión de conveniencia.
Una mujer es como un gato: busca donde sea más cómodo. No tiene culpa, ¿verdad?
Quisiera haber tapado sus oídos, pero el desconocido siguió hablando de sus antiguas relaciones, de su trabajo y, por fin, volvió a referirse a mujeres como Almudena. Daniel sintió que su mente era una tortura sin fin.
Aquella tarde de finales de agosto el aire ya anunciaba el otoño. Las farolas se encendían antes de lo habitual. Daniel, agachado tras una doble jornada en la fábrica de automóviles, salió cansado del autobús de la empresa. Su cuerpo gemía de fatiga. A la mañana siguiente, su compañero de turno le llamó al portón, la voz temblorosa de puro júbilo y miedo: ¡Almudena va a dar a luz! No puedo dejarla sola. ¿Puedes cubrirme? Daniel, sin dudar, contestó: Claro, ve y ocúpate de ella.
Al bajar del bus, encendió un cigarrillo, pero un grito agudo de mujer surgió entre el ruido de los motores, seguido de una risa masculina. Daniel dejó caer el cigarrillo sin encenderlo y, con el corazón latiendo, se giró hacia el sonido.
En la penumbra de un terreno baldío, tres hombres corpulentos en chándal formaban un círculo. En su centro, una joven de vestido claro luchaba por liberarse. Uno la agarraba del bolso y otro intentaba sujetarle la cintura.
¡Suelta! sollozaba ella. ¡Llamo a la policía!
Llama, guapa se rió burlonamente el tercero, el más grande. Mientras llegan
El instinto de Daniel, ese que su padre le había grabado en la piel: «Defiende a la mujer, ayuda al débil, no pases de largo». Sin pensarlo, dio un paso al frente.
¿Qué hacen, muchachos? dijo con voz firme y sorprendentemente calmada. ¿Atacan a una chica indefensa?
Los tres se giraron, las sonrisas desaparecieron.
¿Y tú quién eres? ¿Un héroe? lanzó el corpulento.
Lárgate mientras puedas advirtió el segundo, apretando los puños.
Daniel ya había actuado. Se interpuso entre la joven y sus agresores, empujándola hacia atrás.
¡Corre! le gritó.
Ella salió disparada, sus pasos se perdieron en la oscuridad. Entonces, una fuerte contusión alcanzó a Daniel en la sien. Cayó de rodillas, sintiendo el crujido de sus costillas y el golpe de una suela de zapato contra su cara. Un chorro de sangre y dolor lo inundó, pero pensó con claridad: «Al menos ella escapó».
En el traumatólogo, su madre, entre lágrimas, le reprochó:
¿Para qué te metiste en eso? ¡Te lo arriesgaste, casi te matan! ¡Era una chica ajena!
Daniel, inmovilizado entre yesos y tubos, apenas podía mover la cabeza. Sus ojos, duros y tercos, reflejaban una sola frase: «No puedo pasar de largo, como decía mi padre».
Los paramédicos llegaron finalmente; los médicos, con la ropa manchada de polvo del terreno, trabajaban con prisa, murmurando: «Llegó a tiempo». En esa primera, crucial batalla por la vida, Daniel salió vencedor, aunque pagó un precio alto: semanas, incluso meses, confinado a la cama del hospital.
Pasaron los días y, cuando empezó a recuperarse, apareció en su habitación una desconocida que había salvado su vida. Se llamaba Eulalia. Se sentó en una silla al lado de su cama, perfumando el aire con su delicado aroma. Era atractiva, pero entre ellos había un muro invisible; él percibía su presencia sin sentir conexión alguna. El futuro la veía como una sombra distante.
Una tarde, la madre de Eulalia llegó con un ramo de gladiolos, sustituyendo a los crisantemos que había dejado Almudena. Daniel los observó, pensando que parecían coronas fúnebres sin vida. No quería morir allí, pero sólo asintió, apretando la manta y agradeciendo en silencio.
En una de esas visitas, mientras Eulalia miraba por la ventana, Daniel no pudo contenerse:
¿Por qué sigues viniendo? dijo con voz apagada pero firme. Veo que te molesta.
¡No puedes decirlo! respondió ella, arrojando una bolsa. Traje uvas y un libro nuevo que todos elogian.
Las semanas pasaron y Daniel recuperó poco a poco su fuerza y claridad mental. Cuando logró sentarse sin ayuda, le pidió a Eulalia que cesara sus visitas.
Prométeme una cosa le dijo, mirándola a los ojos. Ten más cuidado, no deambules sola por callejones oscuros. Eres demasiado valiosa. Cuídate para quien realmente quieras entregar tu vida.
Eulalia, con los ojos humedecidos, asintió sin poder pronunciar palabra.
Basta, no llores murmuró él, desviando la vista al muro. Sin lágrimas, todo pesa menos.
Le prometió que volvería a ponerse en pie, aunque esa meta parecía un sueño lejano. Se despidieron para siempre. La culpa y la pena pesaban sobre él como una losa, pero el lamento de Eulalia se volvió una carga que ya no podía soportar.
Eulalia desapareció y, aunque fue la decisión más dura, le dio a Daniel la oportunidad de concentrarse en su lucha diaria contra el dolor, la rigidez y la sombra de los pronósticos médicos. Desde aquel día, una férrea determinación habitó en él. Cada músculo, cada nervio le recordaba la batalla que debía librar para volver a ser él mismo.
Con los muletas, tras meses, dio sus primeros pasos vacilantes por su apartamento. Su madre, al verlo, respiró al fin y recuperó la esperanza que había perdido.
Una mañana de primavera, Daniel, con el valor reunido, salió a caminar por la calle de su barrio de Madrid, apoyado en sus bastones. Al llegar al portal del edificio, una ventana del quinto piso se abrió de golpe. Un joven se asomó, gritó algo y, al instante, un móvil viejo, con botones gastados, salió volando. Daniel, sin pensarlo, lo atrapó en el aire.
¿Lo has visto? preguntó el joven, sin voltear.
No, lo siento respondió Daniel, mirando el dispositivo.
Pocos minutos después, el teléfono sonó.
¿Hola? escuchó una voz femenina que le heló la sangre; era la de su exesposa, Carmen.
Sí, la escucho contestó, ocultando el temblor.
¿Dónde está Miguel? preguntó ella, refiriéndose al hombre que había tirado el móvil.
Parece que está en casa. Recogí su teléfono, lo lanzaron hace media hora.
El silencio sepultó la conversación. Después, la misma Eulalia apareció frente al portal, vio a Daniel y, sin pudor, se lanzó a abrazarlo. Él, avergonzado, le acarició el cabello intentando calmarla.
Más tarde, ella le explicó que Miguel, su exnovio, era un celoso patológico que había tomado su teléfono creyendo que ella le había puesto otro número secreto. En realidad, aquel era el móvil antiguo de su padre, el último vínculo que tenía con él.
Ese teléfono era mi recuerdo sollozó Eulalia. Contiene los últimos mensajes de mi padre, enviados antes de morir hace ocho años
Eulalia, te he echado de menos murmuró Daniel, viendo lágrimas en sus mejillas. Pero no vuelvas a venir. No quiero que pierda más tiempo.
Lo prometo respondió, sin poder decir más.
Así, los dos, dos almas solitarias, se acercaron al borde de una nueva felicidad, conscientes de que el destino los había unido para no volver a separarse.
Al final, Daniel comprendió que la verdadera fuerza no reside en el cuerpo que se levanta, sino en el corazón que decide seguir adelante pese a las caídas. Cada paso, por pequeño que fuera, era un testimonio de que, aunque el dolor sea inevitable, la voluntad de vivir y amar supera cualquier sombra. Esa es la lección que la vida nos enseña: no importa cuántas veces caigamos, lo esencial es levantarse y seguir adelante.







