Quiero que mi hijo se divorcie. ¿Para qué necesita una esposa tan irreflexiva?

Life Lessons

Quiero llevar a mi hijo al divorcio. ¿Para qué necesita una esposa tan insensata?

Existe el estereotipo de que las suegras son brujas malvadas que atormentan a sus pobres nueras sin motivo alguno. Basta con navegar por los foros de internet para encontrar montones de historias así. Y aquí estoy yo, esa “suegra malvada” que no solo critica a su nuera, sino que está decidida a destruir el matrimonio de su hijo. ¿Y saben qué? No me avergüenza. Estoy segura de tener razón, y ahora explico por qué, mientras la rabia y el dolor por mi niño hierven dentro de mí.

Mi hijo, Javier, conoció a esta chica, Almudena, hace unos cinco años. Pero no me la presentó hasta mucho después, justo cuando ya le había propuesto matrimonio. Desde el primer momento, no me cayó bien, y, como descubriría más tarde, mi intuición no falló: esa muchacha resultó ser una pesadilla.

Los invité a mi casa, a nuestro acogedor piso en las afueras de Sevilla. Almudena ni siquiera se había quitado los zapatos cuando sonó su teléfono. En vez de disculparse y decir que llamaría más tarde, se puso a charlar con una amiga en medio del recibidor. ¡Quince minutos! Yo me quedé allí, apretando los dientes, mientras ella reía y hablaba de tonterías. Ahí ya supe que algo andaba mal.

Durante la cena, evité hacerle preguntas comprometedoras, solo observé. Pero luego, cuando la conversación giró hacia ella, su vida y sus planes, todo quedó claro. Apenas había terminado el instituto, estaba en el último año de un ciclo formativo y ni siquiera consideraba estudiar una carrera universitaria. ¿Para qué? Según ella, una mujer solo debe ser esposa y madre, y punto. No tenía intención de trabajar. Sus padres la mantenían, y después, supuse, esa carga caería sobre Javier. Vivía con ellos, pero tras la boda planeaba mudarse a nuestro piso. Y, para colmo, estaba embarazada. El plazo era corto, así que la boda debía celebrarse pronto, antes de que su “secreto” se notara. Actuaba como si el mundo le debiera algo, como si su belleza fuera un pase directo a una vida sin preocupaciones.

Pero lo peor lo vi cuando Javier salió al balcón a fumar. Almudena sacó un paquete de cigarillos finos y se unió a él. ¡Embarazada, y fumando! Casi me ahogo de indignación. ¿Qué sería del niño? A ella, al parecer, no le importaba.

Pronto se casaron y empezamos a vivir juntos en mi casa. Yo salía temprano al trabajo, volvía al anochecer, mientras Almudena dormía hasta el mediodía, vagaba por la casa sin hacer nada y corría al balcón con el cigarro en la mano. En el instituto pidió una baja por embarazo y dejó de asistir. Cada noche me encontraba con el caos: pilas de platos sucios en el fregadero, ropa tirada por todas partes, la nevera vacía. No cocinaba, no limpiaba, solo se pasaba el día al teléfono, parloteando con su madre o sus amigas.

Cuando le pedía ayuda, se excusaba: unas veces con náuseas, otras con cansancio. Pero eso no le impedía ir de cafés con sus amigas o salir con Javier de discoteca hasta el amanecer. Aguantaba en silencio, por mi hijo. Luego nació el nieto. ¿Y qué creen? Almudena no cambió en absoluto. Javier era quien se levantaba por las noches, quien paseaba al niño en el cochecito, quien lo llevaba al médico. Yo ayudaba por las tardes y los fines de semana, agotada después del trabajo. ¿Y ella? Tirada en el sofá, mirando el móvil y echando humo como si nada. Me temblaban las manos de rabia.

Intenté hablar con ella, primero con calma, luego con firmeza. Hacía oídos sordos, mirándome con una sonrisa burlona. Pero lo peor era que Javier siempre la defendía. Cuando le señalaba su pereza, su inutilidad, él se ponía como un muro: “Mamá, ella lo intenta, es que está agotada”. Y discutíamos. Él me gritaba, y a ella ni una sola queja. Mi hijo, mi único niño, ciego de amor por esa inútil.

La tensión en casa se volvió insoportable. Un día, perdí los estribos y le solté: “Llévate a tu mujer y al niño y vete de aquí. A ver cómo os las arregláis solos”. Se fueron. Javier se enfadó, dejó de hablarme. Intenté hacerle ver la verdad, pero levantó un muro entre nosotros. Ahora casi no llama, no viene de visita. Estoy segura: es Almudena quien lo aleja de mí, quien nos separa. Y yo amo a mi hijo más que a mi vida, y adoro a mi nieto con todo el corazón.

He decidido que Javier no necesita una esposa así. Merece a alguien mejor, una mujer inteligente y cariñosa, no esa vaga irresponsable. Puede que aún no lo vea, pero haré todo lo posible por destruir su matrimonio. No pararé hasta liberarlo de esas cadenas. Sé que, tarde o temprano, entenderá que tenía razón, me abrazará y me dirá: “Gracias, mamá”. Y al nieto lo criaremos nosotros, sin su sombra inútil, sin su indiferencia y su humo de tabaco. No me rendiré, porque esta es mi guerra por la felicidad de mi niño.

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