Dos ramos para mamá
El rincón favorito del pequeño Javier en la casa era el armario. Un enorme armario viejo, de madera oscura, que ocupaba la esquina de la habitación que compartía con sus padres. Las pesadas puertas, difíciles de abrir con sus pequeñas manos, crujían y gemían cada vez que se forzaban. Allí él amontonaba sus juguetes sencillos: un osito con una oreja rasgada, un payaso con un enorme sombrero azul y rojo que su madre le había regalado ese mismo año en Navidad, y un caballo. Sí, un caballo.
El caballo había sido negro, con una crin majestuosa del color del ala de un cuervo. Con el tiempo el plástico negro se había agrietado y quemado bajo el sol, pero la crin permanecía casi intacta. Javier lo acariciaba y le llevaba hierba fresca. El armario era su mundo secreto, su Narnia, donde ocurrían auténticos milagros: el payaso se transformaba en caballero que cabalgaba sobre el fiel corcel y defendía a una hermosa princesa del temible oso. Lo que sucedía después, después de que el caballeropayaso conquistaba la victoria, Javier aún no lo había imaginado; además, en los momentos más emocionantes del juego, empezaba a escucharse la voz de la abuela llamándolo.
Javier temía a su abuela. Siempre tenía las manos sucias, enredadas, como quien ha pasado el día remendando el jardín mientras los padres están en la oficina. Su rostro estaba surcado de arrugas, como la tierra recién arada en primavera. Y su voz, aguda y estridente, recordaba al ladrido rasposo del perro de la familia, Rex, que vivía todo el año en la caseta exterior y, al parecer, se había resfriado.
A Javier le daba lástima a Rex, sobre todo en invierno, cuando el viento de febrero arrancaba los cristales y la nieve cubría casi por completo la caseta. Una noche de intenso frío, el niño, envuelto en pijama de franela con ositos y medias gruesas, se escapó sigilosamente de la casa para rescatar al perro. A medio camino lo alcanzó la voz nerviosa de su madre y el grito furioso de su abuela. La madre, con una chaqueta colgada al hombro, estaba en la puerta, mirando la oscuridad y llamando:
¡Hijo, Javier, ¿dónde estás?!
Tras ella, la abuela recitaba:
¡Vuelve, hijo de mi hijo! ¿A dónde vas, necio? ¡Todo por tu padre despistado, siempre con la cabeza en las nubes!
El padre despistado, como siempre, no estaba en casa; tenía un trabajo que consideraba de vital importancia. Javier no comprendía bien a qué se refería la gente con camionero de larga distancia, pero intuía que su papá era alguien más importante que él, porque el padre llegaba raras veces, le daba una palmada en la espalda, preguntaba ¿cómo vas? y se retiraba a dormir.
La abuela lo llamaba camionera, y la madre, tapándose los ojos, decía:
Tranquilo, hijo, lo superaremos. Eres mi tesoro, ya eres un niño grande. Mira lo que te traigo: el reloj de papá. Igual que el de los adultos. Papá llega cuando la aguja pequeña y la grande se juntan en la parte de abajo, y en la ventana donde está la fecha se ve el número 12. ¿Lo recuerdas? No lo pierdas.
Javier se sentía orgulloso de tener el reloj de papá, como el de los mayores. Sin embargo, le daba vergüenza ver a su amigo Fabián saltar alegremente con su padre los domingos por la mañana, con cañas de pescar en mano: el padre con una gran caña de spinning y Fabián con una pequeña caña y un cubo en el que nunca lograba atrapar nada.
Incluso la pequeña Begoña, de seis años, a quien Javier consideraba tonta porque aún no sabía leer, mientras él a los cinco ya podía leer en voz alta letreros como Farmacia y Óptica (aunque sin captar del todo la diferencia), cada domingo subía orgullosa al coche blanco del padre y se iba al mercado.
Javier soñaba con el día en que su papá lo llevaría, como él, en la gran furgoneta con la que trabajaba, y viajarían juntos en sus asuntos de hombres. Pero en esos raros momentos en que el papá estaba en casa, no había tiempo para Javier; él y su madre discutían. La madre lloraba, la abuela se quejaba, el padre golpeaba la puerta y salía a fumar. El niño se escondía en su amado armario y lloraba, aferrado a su osito fiel. Los hombres de verdad, claro está, no lloran, pero ni el osito ni el payaso lo dirán a nadie. Ese sería su secreto.
Ese día era el cumpleaños de la madre. Javier corría de regreso al patio cuando, de pronto, se detuvo. En la acera frente a él estaba su papá, sujetando del codo a una joven de vestido rojo que reía. En sus manos brillaba un gran ramo de rosas, tan hermoso y voluminoso que le quitó el aliento al chico.
¡Para mamá! estalló en su cabeza. ¡Hoy es el día de mamá! ¡Seguro que es para ella! y su corazón latía con una alegría desbordante.
Por la noche, la madre y la abuela pusieron la mesa festiva: patatas al vapor recién sacadas del horno, gelatina transparente temblando en sus moldes, pepinillos crujientes del sótano y un enorme pastel coronado con rosas de crema rosa. En realidad, faltaba una rosa en el pastel: Javier había tomado una antes de tiempo. Cuando los invitados se sentaron, regresó el papá con otro ramo, pero no era el mismo. Eran modestas crisantemos blancos envueltos en papel grisáceo. La madre se iluminó, lo abrazó al cuello y, como una niña, rió de felicidad.
Javier tragó aire, ya sin palabras: quería preguntar por las primeras flores, a dónde se habían ido. Pero miró a su madre, radiante con su nuevo vestido rosa que le quedaba como anillo, sus mejillas sonrojadas, ya fuera por la alegría o por el baile, y se quedó callado.
Más tarde, volvió a su oscuro armario, entre el osito y el payaso, y giró en su muñeca el reloj de papá. Antes tan importante, adulto, mágico. Las agujas estaban inmóviles, como si no tuvieran vida. Lo giró varias veces, pero en vano. Las lágrimas empezaron a asomar, pero esta vez no lloró. De pronto comprendió: llorar no serviría. Ya no era el niño que esperaba al papá en la carretera.
Javier dejó el reloj en la repisa, entre el osito y el payaso, y cerró silenciosamente la puerta del armario. Desde entonces, su Narnia ya no tenía más milagros.
En la habitación, la madre cantaba medio en voz alta, mientras desgranaba los regalos. Javier se acercó, la abrazó por la cintura y sintió que ella temblaba.
Estoy contigo, mamá susurró, firme. Siempre estaré contigo.







